Las plataformas sociales nacieron bajo la promesa de ser herramientas de comunicación (conectar al usuario A con el usuario B). Sin embargo, evolucionaron hacia medios de distribución masiva personalizada (conectar al usuario A con un flujo infinito de contenido optimizado para él). El resultado de esta decisión industrial fue que el intercambio interpersonal directo quedó relegado a un segundo plano, convirtiendo la pantalla en un espejo individual en lugar de una ventana compartida. Por eso si es que el no conseguir una relación de amistad o que vaya más allá causa alguna incomodidad, la responsabilidad pasa en gran medida por los algoritmos del mundo virtual optimizado para la soledad conectada.
Al contrario de lo que se cree, para muchos sociólogos la irrupción de las redes sociales y su forma de entablar comunicaciones ha generado un descenso importante en el número de vínculos. Esto se produce especialmente en los jóvenes pertenecientes a la Gen Z, a quienes les cuesta más relacionarse cara a cara, debido a un exceso de virtualidad. Lo que hay que tener en cuenta es que, por lo general, y aunque se ponga el empeño en lograr esa clase de felicidad, no es fácil. Si no lo es en el mundo real ¿por qué lo sería en el virtual? Y aquí está la parte tranquilizadora para quienes piensan que algo anda mal con uno mismo; es lógico que pase eso.
El modelo de captar a un solo individuo fue finalmente más viable y por eso la industria puso más energía en mantener con seguridad a una persona en pantalla que a dos. Esta asimetría de incentivos provocó que las grandes plataformas invirtieran casi todos sus recursos en optimizar la permanencia individual frente a la pantalla. Un algoritmo nunca duerme, nunca tarda en responder y adapta el contenido al estado de ánimo exacto del usuario en tiempo real. Eliminar a la "otra persona" elimina la fricción de la ecuación.
Menos vinculación
Para los especialistas en el estudio de las relaciones humanas la dificultad de establecer vínculos radica en las características de la sociedad contemporánea. "Vivimos en un mundo que presenta más estímulos individuales que estímulos para compartir y eso hace que sea muy difícil sostener una relación duradera", explica el psicólogo especializado en vínculos, Sebastián Girona.
La socióloga Cecilia Bizzotto considera que existe otro componente social para que los vínculos no sean durareros en el tiempo. "Antiguamente las relaciones duraban para toda la vida. Se casaban con 20 años y la relación era para siempre. Básicamente, porque en muchos países el divorcio estaba penalizado. Estas condiciones, ahora ya no existen", remarcó Bizzotto.
De error a paradoja
La hipótesis en los inicios de la web y la adopción de los teléfonos inteligentes, falló en cierto sentido. Los tecnólogos y sociólogos con la hiperconectividad asumían que no iba a producirse un viraje, se eliminarían las barreras geográficas y de tiempo, aumentaría linealmente la cantidad y calidad de los vínculos humanos y reduciría el aislamiento.
Lo que no se previó fue el cambio en el modelo de negocio de las plataformas hacia la economía de la atención. Al optimizar los algoritmos para maximizar la permanencia en pantalla, la interacción humana real fue sustituida por el consumo pasivo de contenido y la interacción superficial ("likes", métricas de validación), alterando el propósito inicial de la herramienta.
A nivel sociológico, se define como paradoja porque la herramienta diseñada para conectar a las personas genera aislamiento. Al facilitar enormemente el contacto (abundancia de contactos), disminuye el valor percibido del esfuerzo necesario para cultivar una relación profunda (escasez de intimidad). Se obtiene la percepción constante de estar acompañado mientras se evita la vulnerabilidad que exige la presencia física.
Por eso, si el vínculo solo se logra con una pantalla, pero se quiere algo más, la solución puede ser mucho más sencilla y quizás depende solo de presionar el botón de apagado del dispositivo.